miércoles, 17 de agosto de 2016

Oportunistas de lo imprescindible

Por Arturo Pérez-Reverte
XL Semanal. 22.06.2009



No hace mucho, en una de esas cenas con Javier Marías que a veces nos sirven a uno o a otro, luego, para teclear un artículo que resuelva los respectivos compromisos semanales, comentábamos un hecho pintoresco que suele darse entre los comentaristas culturales a la hora de hablar de libros y autores. Un título, un nombre olvidados por completo o de los que nadie hace caso, incluso escritores despreciados o desconocidos por quienes se dicen árbitros de las bellas letras, se ponen de moda con un centenario, una película o una reedición oportuna. Entonces, buena parte de aquellos a quienes nunca oíste hablar de tales títulos o autores emiten alaridos entusiastas, cantando sus excelencias y colocándoles la etiqueta imprescindible. Que es el adjetivo que ciertos esnobs de la tecla, con alborozado entusiasmo de conversos, reservan indefectiblemente para libros o autores de los que no se habían ocupado antes, en su vida. Además, ellos nunca leen, sino que releen. «Estoy releyendo —escriben, imperturbables— a Ian Fleming. Un autor imprescindible». Sorprende, por otra parte, que si tanto aprecian a determinado escritor, nunca hasta hoy le hayan dedicado una línea, y se acuerden de él sólo cuando una editorial prestigiosa o una edición afortunada lo ponen en primer plano. Pero quienes se lo montan de posar como culturillas exquisitos —Lo que podría escribir y no quiero, o cosas así— nunca recomiendan libros imprescindibles antes de que lo sean. Sería arriesgarse demasiado.

Comentaba esto con Javier, como digo, mientras despachábamos sendos filetes empanados. No solemos hablar de literatura propia ni ajena, pero esa noche íbamos por ahí. Yo mencioné a Roberto Bolaño. Como ya dije alguna vez en público, es un autor que me parecía —a mí, no a Javier— increíblemente avinagrado y aburrido cuando estaba vivo, y me lo sigue pareciendo muerto. Lo de avinagrado se explica porque en vida nadie le hizo caso ni compró sus libros; eso lo malhumoró mucho y solía meterse con otros autores como si ellos tuvieran la culpa. El caso es que, con el filete empanado a medias, puse a Bolaño como ejemplo. Aparte de que a mí me guste o no, dije, tiene guasa el asunto. Lees algunas columnas actuales de animadores culturales españoles y resulta que Bolaño es imprescindible. Eso, casualmente, ahora que su agente literario le ha montado una bestial promoción post mortem nulla voluptas en Estados Unidos. Podían haberlo dicho cuando estaba vivo y sin agente, digo yo. Ayudándolo a vender más libros y a tener menos mala leche.

Pasamos luego a hablar de otros autores que ciertos caraduras que hoy pretenden barajar la literatura ninguneaban o infravaloraban no hace muchas décadas: Stevenson, Conrad, Simenon, Eric Ambler, Budd Schulberg, Le Carré, Stefan Zweig, Schnitzler, el barón Corvo, Joseph Roth y otros. Autores, todos ellos, poco estimados entonces en España, o incluso insultados directamente, como era el caso de Zweig, novelista considerado menor hasta hace cuatro días; y que, a quienes descubrimos su Partida de ajedrez y sus obras completas en Editorial Juventud a finales de los años sesenta, nos causa mucha hilaridad que ahora no se le caiga a nadie de la boca. O de Conrad, cuyo Espejo del mar tradujo Marías hace la tira, cuando algunos tontos del ciruelo todavía consideraban al polaco sólo un aseado escritor de novelas marineras, y juraban que lo que había que leer era El Jarama, del por otra parte respetable Sánchez Ferlosio, o la imprescindible —permitan que ahí sí que me tronche— Larva, de Julián Ríos.

A los postres puse un ejemplo casual. Imagínate, dije, a un autor al que nadie haga caso. Poco conocido y leído. Traven, por ejemplo. Escritor maldito, marginal, autor de El barco de la muerte y El tesoro de Sierra Madre. Lo conocemos desde hace al menos treinta años y nos gusta a los dos. O, por lo menos, a mí. Pero aquí ningún periculto de suplemento literario lo menciona jamás, ni recomienda sus libros. Pregunta por él en una librería. No existe. Pues apuesto la tecla Ñ a que si mañana aparece un libro suyo en una buena editorial, una docena de pavos que no han leído a Traven en su puta vida se descolgarán con encendidos elogios. Para eso está Internet, para documentarse. Yo, lector de Traven de siempre. Voy a explicarles quién es. Etcétera.

Y bueno. El ejemplo era casual, como digo. Pillado por los pelos. Pero lo cierto es que profeta en España puede serlo cualquiera. Tres semanas después de la cena con Javier, una editorial de moda publicaba El tesoro de Sierra Madre. En el acto, como era de esperar, llovieron columnas y comentarios. Traven, naturalmente. Qué me van a contar a mí, a estas alturas. Traven esto y lo otro. Traven y yo. Travenólogo como soy, desde pequeñito. Con una palabra —nunca la habríamos adivinado— repitiéndose en cada artículo: imprescindible.







lunes, 8 de agosto de 2016

Plato, Borges, Bolaño

Por John Z. Komurki*




Plato's Phaedo relates the last afternoon of Socrates, spent in his jail cell with friends, discussing the nature of the soul.

Borges, in the text of a lecture he gave towards the end of his life, says that Max Brod says that one sentence in this dialogue is the most moving that Plato ever wrote. It is spoken by Phaedo himself as he enumerates the friends who shared Socrates's last hours: 'Of native Athenians there were, besides Apollodorus, Critobulus and his father Crito, Hermogenes, Epigenes, Aeschines, and Antisthenes; likewise Ctesippus of the deme of Paeania, Menexenus, and some others; but Plato, if I am not mistaken, was ill.'

'Plato, if I am not mistaken, was ill'. Why did Plato write this inexplicably heartbreaking phrase? We must surely conclude that, even if he himself were dying, Plato would have found a way to share his master's last moments. So why did he say he wasn’t there? Borges offers various readings, among them that it may have been to allow himself greater creative freedom, as if Plato was asserting 'I don't know what Socrates said in the last afternoon of his life, but I would have liked him to have said this', or, 'I can imagine him saying these things.' We might also take it as a gesture of self-effacement, a suggestion that Plato saw himself as a mouthpiece, an amanuensis. Borges’ characteristic conclusion is that Plato simply felt the 'unsurpassable literary beauty' of saying 'Plato, if I am not mistaken, was ill.'

His brief treatment of this passage is one of those rare moments when Borges (or Brod) nods, in asserting that it is the only point in all his writing that Plato mentions himself by name. There are actually more examples, as when in Apology of Socrates Plato has Socrates cite him as one of the youths who would have been corrupted by his teaching, or later in the same text when Plato is mentioned as one of several men who offered to pay a fine to abrogate Socrates' death penalty. What is true, however, is that this sentence is the only time in which Plato uses his own name to achieve a certain narratorial effect.

The nature of this effect is and will eternally be open to question. But there are two observations we can make without reservation: that Plato deploys it at a symbolic crux in his oeuvre, the description of the death of the man whose teaching his lifework it is to expound; and, secondly, that it serves to create a sensation of his own absence, his own invisibility, or at the very least to problematize his role as narrator: if Plato wasn’t there, then where did he get his information from? What gives him authority to speak? It anticipates in nuce one of the central questions of Western literature, that of the authorial voice, of the infinite dialectics of presence and absence the act of writing engenders.

There is a curious echo of this effect in the penultimate monologue of the second section of Roberto Bolaño's The Savage Detectives. The second section of Bolaño’s masterpiece is, of course, an expansive patchwork of what look like transcripts of monologues, each one portraying a different moment in the rootless lives of the novel’s two antiheroes, Arturo Belano and Ulises Lima. Many but far from all of the people who speak are poets or otherwise related to the literary world; many have lived fully.

The speaker in the monologue we’re going to look at here is rather a banal, grating character, a certain Ernesto García Grajales, an academic who claims 'in all humility' to be the world's only authority on the Visceral Realists. Something occurs in his discourse of which, depending on your criteria, there are only twenty-five other brief examples in the book – he apparently repeats a question of an interlocutor.

Now, in the course of all the long second section of The Savage Detectives, we intuit but see little evidence for a presence conducting the interview. The interviewees sometimes address them, as 'señor' for instance, or by asking rhetorical questions, or checking that they are making themselves understood. Only very rarely do we come across the journalistic technique of putting the interviewer's question in the mouth of the interviewee, as if they were repeating it in order to clarify that they heard correctly. (This technique is generally employed by transcribers of interviews to avoid breaking up the text with a subsidiary question: ‘He was a friend of Tom’s. Was he a friend of mine? I guess you could say he was a friend.')

García Grajales is giving an account of what the different Real Visceralists ended up doing when the interviewer apparently interrupts him to ask about Juan García Madero. His response is unequivocal: '¿Juan García Madero? No, ése no me suena. Seguro que no perteneció al grupo.' ('No, I don't recognise that name. He definitely didn't belong to the group.') The interviewer evidently persists, eliciting an indignant reply from García Grajales: 'Hombre, si lo digo yo que soy la máxima autoridad en la matería, por algo será... Hubo un chavito de diecisiete años, pero no se llamaba García Madero... se llamaba Bustamente.' (‘Bro, I'm the absolute authority on the subject, and if I'm saying it there must be a reason... there was a kid who was seventeen, but he wasn't called García Madero... he was called Bustamente.') (551)

What are we to make of this detail? Perspicacious readers notice it, but I have yet to come across a comprehensive critical treatment of its ramifications. Consider Juan García Madero. He is the narrator, in a sense, of the first and third sections of the book, playing a central role in the proceedings. But he is entirely absent from the second section of the novel, apart from here. Nowhere else is his name mentioned.

This absence could in part be explained by the fact that his involvement with Visceral Realism was, in fact, extremely brief from the 2nd of November, 1975, to the 15th of February, 1976, after which point he separates from Belano and Lima, they leave Mexico, and the movement falls apart. Although García Madero experienced an intense involvement with some of them, we might imagine that for most of the Visceral Realists he was another hanger-on, another young, unpublished poet who drifted in and out of the scene, and as such was easily forgotten or simply unworthy of mention.

The 'chavito' Bustamente, the kid who García Grajales assumes his interlocutor is thinking of, seems to have been another such hanger-on. Another character also remembers Bustamente but calls him Bustamante, and he is not mentioned by name anywhere else in the novel. It seems that Bolaño wants us to understand that Bustamente and García Madero were two of a number of essentially interchangeable young poets who orbited the main Visceral Realists. García Madero's deeper involvement with Belano and Lima might thus have been a consequence simply of his being in a certain place at a certain time.

We must ask why it is that the person who interviewed García Grajales asked him about Juan García Madero, particularly given that he never published anything (at least not during the span of the book) and apparently disassociated himself from all of the group's members after the episode in the desert (had he been present, wouldn’t he have participated in the forlorn attempts to reform Visceral Realism after Belano and Lima's departure). Why does Bolaño give this detail such prominence, breaking from the style which defines most of the second section of The Savage Detectives, at such a key moment?

The answer is that it is precisely Juan García Madero who is interviewing the academic Grajales. We may take the mention of his name – and the denial of his involvement – as a clue hidden in plain sight by Bolaño. We might even sketch some details of what happened, of how the interview progressed: irked by Grajales' insistence that he is the only scholar with any interest in Visceral Realism, and thus the ipso facto world authority, García Madero asks him about his own existence, which Grajales denies. The indignant 'Hombre, si lo digo yo...' can only have been elicited by García Madero's insistence on this point.

And then there is the 'You didn’t know?' Would it be too much to imagine García Madero's ironic 'Oh, really?' when the academic tells him about the original Visceral Realists in the North? García Madero was there, he met the original Visceral Realist, and then she was killed protecting him. And now this liliputian academic tries to establish his superiority by sharing this fact with him. Let's imagine García Madero, his voice dripping with sarcasm which the other man is immune to, telling him that it must have been a coincidence (how could it possibly have been a coincidence?).

There are two conclusions that we are undoubtedly meant to infer from this detail. First, that García Madero conducted this and, possibly, some of the other interviews which make up the second part of the book (although he cannot have conducted all of them). Secondly, that the three months he spent with Belano and Lima in 1975/6 marked him for the rest of his life: García Grajales' monologue is dated December 1996.

Based on these conclusions, I would venture a third: that García Madero is, in fact, present throughout all of The Savage Detectives, but not as a protagonist. It is he who traces the peregrinations of Belano and Lima, it is he who conducts the majority of the interviews, editing the texts into monologues and scrupulously removing all mentions of his name (if, indeed, there are any), only in this crucial section allowing himself to appear.

The tragedy inherent in the testimony of García Garjales is that it marks the death knell of Visceral Realism: the movement has finally been co-opted by everything it fought against and despised, the world of stale, provincial academia. Garjales himself is the anti-Visceral Realist par excellence, a vain self-serving academic only interested in publishing his little book. García Madero's ire is thus twofold – against what Garjales represents, and against his ignorance of the fact that in reality it is he, García Madero, who is the world authority of Visceral Realism, having dedicated his life to documenting the movement and its members, above all the heroes of his youth, Roberto Belano and Ulises Lima. It is his irritation which leads him to depart from the meticulous editorial technique he employed in the rest of the interviews, and allow his own name to appear; a brief, easily-overlooked shout of defiance, self-affirmation, anguish. Like a Medieval architect, he put a tiny portrait of himself at the heart of his vast, anonymous cathedral.

It is this detail, combined with various other slivers of evidence, which demonstrates conclusively that, far from disappearing, García Madero is in fact present throughout the entirety of The Savage Detectives. It is he who traces the peregrinations of Belano and Lima, he who conducts the majority of the interviews, editing the texts into monologues and scrupulously removing all mentions of his name (if, indeed, there are any), only in this crucial section allowing himself to appear.

There is of course no question that Bolaño was familiar with Phaedo. Another question is whether this familiarity is grounds enough to hypothesize that the interjection 'Juan García Madero?' is a conscious echo of 'Plato, if I am not mistaken, was ill.' It may constitute a leap of faith, but for several reasons I believe it is indeed a deliberate reference.

First, let us mention that Mexican critic Oswaldo Zavala has sketched with great elegance the correspondences that exist between the Salvatierra sections of The Savage Detectives and, precisely, the Symposium (note, though, that even a critic as perceptive as Zavala pays little attention to the question of Salvatierra’s ‘anonymous interviewer’).

Then there are the parallels between the two ‘narrators’, the curators of these texts. Like Plato, García Madero apparently effaces himself from his own writing – his work is to trace the biography, to document and re-present the example of his master(s). Like Plato, he was a youth when he encountered the spiritual authority that was to give his entire life meaning; Socrates, like Belano and Lima, was persecuted by society as a corrupting influence. Like Plato, Juan García Madero allows his name to appear only when death is imminent – in the case of Socrates it is a literal death, whilst for Visceral Realism it is the conceptual death outlined above. In both cases, the use of the name serves to highlight through negation the name of the one person who really was there, the one person who truly understood the dying master's message. Another detail supports this possibility. Immediately before, García Garjales had been listing the names and fates of the core group of the Visceral Realists, just as Phaedo had been listing the names of Socrates's followers present at his death…

These are all more or less fanciful conjectures. Their main value lies in showing that, whether or not this commentator has understood it, there is a vastly complex conceptual machinery at work below the surface of The Savage Detectives. They suggest also the extent to which Bolaño is as sophisticated as he is brilliant an author, a fact that certain readings of his writing underplay.

Catalan critic Josep Massot has argued that Bolaño’s similarities to Kerouac are at the root of his success in the US. This strikes me as a rather facile argument. Misogynist, racist, nationalist Jack Kerouac’s writing has largely been consigned to the purgatory of male adolescents’ reading lists, while Roberto Bolaño, the greatest novelist of his generation in any language, now sits with Sterne and Voltaire in pacifists’ Valhalla. Kerouac’s artistic reputation is based on one trick, one voice; Bolaño is as cosmopolitan and encyclopedic as Borges or Joyce. Jack’s books are flaccid, directionless, episodic; Bolaño’s philosophical and creative project fuses all of his writing into a breathtaking arc, a total statement of unique power, vision and complexity. In short, to compare Kerouac to Bolaño is a little like setting the Sex Pistols against Pink Floyd. It is true, nevertheless, that it is above all as a ‘Latin American Jack Kerouac’ that Bolaño has been sold (and his success explained away) in the English-language market. This would be laughable were it not so insidious.

The fact is that ‘mainstream’ US literary culture remains on the whole unable to process a Latin American writer on their own terms, too often reducing them to ingenious exoticizers of an established gringo mode, quaint index of what happens when foreigners play at being American, like a salsa cover of My Way (consider the reception of the recent first publication in English of Carlos Velázquez).

Happily, Bolaño’s star is beginning to wane in the English-language publishing industry. Perhaps once the enchantment has faded, critics will return to his work with the rigor it demands, and prove to an English-speaking readership what Spanish readers already know, namely that Bolaño is as myriad-minded as any of the best writers of the Twentieth Century, in Europe or the Americas. Both Bolaño’s life and his writing embody a universalism, a generosity of culture, that bind him to the most ancient and most humane traditions in world literature, and it is in this light that his work must be approached.



2016

* John Z. Komurki es editor de Mexico City Lit







miércoles, 20 de julio de 2016

Un niñito molesto llamado Bolaño

Por Hinde Pomeraniec
La Nación, Argentina. 19.10.2015



Nació en Chile, se hizo adulto en México, fue padre en España, escribió y amó en todos lados, todo el tiempo. Se llamó Roberto Bolaño y murió en 2003, a los 50 años, muy enfermo y esperando un hígado de reemplazo, que no llegó. Su literatura -copiosa, refulgente, abrumadora- sigue ahí, iluminando almas que buscan tesoros en letra escrita. El de Bolaño fue y es un mundo original, con lengua y reglas propias, y sostenido por personajes que van y vienen por sus relatos y espacios físicos e íntimos que se reproducen y amplifican. Ingresar al mundo Bolaño es, también, fascinarse con una frase hallada en uno de sus infinitos cuadernos y exhibido en un documental por su esposa, escuchar la anécdota risueña de alguno de sus amigos contando alguna de sus bromas de humor negro, ver una foto o dos o diez del hombre miope y delgado con sus anteojos enormes y el cigarrillo eterno o revolver entre las frases textuales de la que fue su última entrevista -en donde dejó grandes claves acerca de su filosofía de vida- en busca de pistas que, además, consigan dar nueva luz a la obra del autor de Los detectives salvajes.

Una curiosidad: aquella última entrevista no llegó a partir de la insistencia de nadie, sino que fue una propuesta, casi un encargo final en forma de mail a Mónica Maristain, una periodista argentina radicada en México. Decía el correo enviado desde Blanes, en la Costa Brava, seguramente de madrugada.

Ay, Maristain: Aún respiro. Ya soy el segundo de la cola. Besos, Bolaño.
PD: ¿Por qué no hacemos una entrevista, ligera, levísima, frívola incluso -son las que más me gustan- casi póstuma?

La entrevista se publicó en Playboy el mismo mes de la muerte de Bolaño. De sus entrañas salieron muchas frases que hoy identifican al escritor, como que fue feliz "todos los días, al menos un ratito", que "casi nunca" pensaba en los lectores, que Borges, Bioy y Bustos Domecq eran algunas de las cosas que más lo divertían, que se sentía un escritor latinoamericano o que su única patria eran sus dos hijos. También en esa entrevista volvió a las declaraciones estridentes, como la diferencia "años luz" entre una escritora (Silvina Ocampo) y una escribidora (Marcela Serrano) y su renovado desprecio por la literatura de Isabel Allende o Paulo Coelho. "Ni en mis peores borracheras he perdido cierta lucidez mínima, un sentido de la prosodia y del ritmo, un cierto rechazo ante el plagio, la mediocridad o el silencio", sentenció al mejor estilo punk el escritor que sostenía que el tiempo de las novelas basadas en un argumento y en las formas lineales y archiconocidas de contar ese argumento ya había pasado.




Años después, la propia Maristain escribió Bolaño. El hijo de Míster Playa. No es un libro de crítica literaria, sino una biografía periodística, un retrato del escritor elaborado a partir de testimonios de personas que estuvieron cerca; familiares, amigos, vecinos y amores que, a través de recuerdos y anécdotas, permiten reconstruir diferentes épocas de su recorrido literario, hoja de ruta que va desde los tiempos en que Bolaño era el poeta revoltoso fundador del movimiento del Infrarrealismo en el DF mexicano al momento en que se convirtió en el premiado autor de culto que se aferraba a la literatura como tabla de salvación, mientras criaba en un pueblo de la playa a sus pequeños hijos y daba las puntadas finales a su legado. En la tapa del libro, hay una foto obtenida por el agudo ojo de Daniel Mordzinski, en donde se ve a un Bolaño mimetizado entre las hojas y mirando hacia un horizonte que se percibía cada vez más corto. "De Bolaño, lo mejor son sus libros. Sus personajes son compañeros de viaje de nuestras propias vidas", escribe hoy Maristain, también por mail, desde México, buscando separar el mito de la obra. "Es imposible no recordar la última entrevista, sus chistes, sus llamadas telefónicas y sobre todo su afán de robarte el corazón, y estar siempre presente: era como un niñito molesto que quería toda la atención", concluye.

Ese niñito molesto que hoy es leyenda alguna vez fue disléxico, escribió su primer cuento a los siete años y leía tanto que el médico le había recomendado dejar los libros para acabar con su obsesión. Pero el doctor no lo consiguió y hay lectores en todo el mundo que agradecen su fracaso. El testamento literario de Bolaño es 2666, voluminosa odisea en la que cuatro profesores de literatura van tras los pasos de un escritor alemán desaparecido y en donde, gracias a la audacia de un autor, temas como la Segunda Guerra, las migraciones y los femicidios de Ciudad Juárez (Santa Teresa, en la ficción) hacen estallar el género narrativo.

La palabra final de la novela es "México", país congelado en su memoria. País en donde la literatura se le había convertido en sangre y al que Bolaño, como una suerte de conjuro, nunca quiso volver.






jueves, 9 de junio de 2016

Seis (+ 1) razones por las que Roberto Bolaño es más divertido que ver televisión

Por Simón Posada
Univision.com, 04.03.2016




El escritor chileno es noticia ya que Alfaguara le quitó a la editorial Anagrama el privilegio de publicar sus libros. Nosotros, nos dedicamos a recopilar las razones por las que Bolaño promete más diversión que cualquier serie de televisión, incluyendo House of cards.


1. Bolaño usaba los libros como almohada

La figura de los escritores siempre ha estado asociada con personajes aburridos y estrictos, que creen que rayar los libros o dormirse leyendo es un pecado mortal. Pero Bolaño no era así, de hecho, a la revista Playboy México le dijo que “un libro es la mejor almohada que existe”. Y continuó: “…me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos. Me conmueven los jóvenes que se duermen con un libro debajo de la cabeza”. Y también arremete contra la escritura y dice que, a pesar de que no le aburre escribir, conoce ocupaciones más divertidas: “ser atracador de bancos, por ejemplo. O director de cine. O gigoló. O ser niño otra vez y jugar en un equipo de fútbol más o menos apocalíptico. Desafortunadamente el niño crece, al atracador lo matan, el director se queda sin dinero y el gigoló enferma”.


2. Bolaño tiene zombis

Si usted es fan de The walking dead, entonces Roberto Bolaño tiene algo para usted. “El hijo del coronel” es un cuento en que el narrador cuenta que se siente identificado con una película de zombis, en la que una chica es mordida por un zombi, su novio trata de salvarla y, a su vez, el papá de él también intenta hacerlo. Bolaño se inspiró en la película Return of the living dead III para escribirlo.


3. Bolaño tiene blowjobs

Y muchos. “En el silencio del piso solo se escuchaba el chasquido de su lengua, la saliva que envolvía mi verga, sus dientes entre mis venas, su paladar rosado. ¡Su paladar rosado!”. Eso ocurre en Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce. “Ella tenía mi verga en su boca, pero no apretándola, no chupándola, sino solo acariciándola con la punta de la lengua. La tenía como una pistola dentro de su funda. ¿Ves la diferencia?”, comentan en Los detectives salvajes sobre los blowjobs de María Font.


4. Bolaño sabe qué es tener sexo sin ganas

“Por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado?”. Eso ocurre en el libro Llamadas telefónicas.


5. Bolaño sabe hacerse el tonto

Nos lo explica muy bien en Los detectives salvajes: “23 de diciembre. Hoy no pasó nada. Y si pasó algo es mejor callarlo, pues no lo entendí”.


6. Bolaño amaba los sábados

“Me subo a la moto y atravieso las calles en donde gente más extraña que tú y que yo se prepara para pasar un sábado divertido, un sábado a la altura de sus expectativas, es decir un sábado triste y que no llegará jamás a encarnarse en lo que fue soñado, planeado con minuciosidad, un sábado como cualquier otro, es decir un sábado peleón y agradecido, bajito de estatura y amable, vicioso y triste”. En el cuento “Putas asesinas”, en el libro del mismo nombre.


7. Bolaño sabe decir mentiras

“Me siento como Pinocho”, dijo al recibir el Premio Rómulo Gallegos.